En la vida
todo tiene su precio, y el tiempo así lo ha demostrado. Por medio del dinero,
las naciones evolucionan y adquieren su desarrollo. El esfuerzo y trabajo
constante ha ayudado a los hombres a crear empresas, y acumular grandes
riquezas a través de sus negocios. Sin embargo, desde la creación del mundo
todo ser humano le ha robado a Dios. Robar es un pecado, y este pecado
prevalece actualmente en la humanidad. En tiempo de los apóstoles, después de
la ascensión de Cristo al cielo, todas las cosas eran comunes. Los que creían
en Cristo tenían un corazón desinteresado y un mismo pensamiento de compartir
lo que poseían. No había ningún necesitado que no fuera ayudado, y todo era
puesto a los pies de los apóstoles para ser repartido. Según ha pasado el
tiempo, el amor al dinero y el deseo de ser más rico que otros, ha inducido al
hombre a enterrar todos sus recursos en el mundo y retener lo que le debemos a
Dios. La herencia celestial, también tiene su precio, pero no se puede comprar
con dinero. A excepción de la vida, el
dinero puede comprar todo en este mundo, incluyendo nuestra conciencia. No
podemos mentirle al Espíritu Santo y quedarnos con parte del precio de la
heredad cuando recibimos las bendiciones, porque podemos mentir a los hombres,
pero nunca a Dios.
En las
Sagradas Escrituras (Hechos 5), tenemos el ejemplo de Ananías y su esposa Safira,
quienes vendieron sus posesiones para compartir con los demás, pero fueron
inducidos por Satanás para mentir y quedarse con parte del precio de la venta.
El Espíritu le reveló al Apóstol Pedro lo que habían hecho y al ser cuestionado,
Ananías cayó y expiró. Tres horas después, su esposa Safira, que no estaba
presente en ese momento, sostuvo la mentira de su esposo revelando un precio
menor de la venta, tentando de nuevo al Espíritu Santo, y también recibió una
muerte instantánea. Este hecho provocó un gran temor en la iglesia y a todos
los que oyeron estas cosas. Aunque en
nuestros tiempos no oímos hablar de castigos tan drásticos, suceden otros casos
semejantes a este, aunque no siempre dentro de la iglesia. No se le presta
atención, ni se consideran como castigo, pero son respuestas de Dios al hombre,
para que aprendamos a reconocer cuando obramos injustamente y las consecuencias
de la mentira.
Hace unos años
fui testigo de un caso que quiero compartir con mis lectores: conocí una
pareja, que aunque no estaban casados legalmente, llevaban 13 años viviendo
juntos y habían procreado un hijo. La mujer tenía otros dos hijos y era maltratada verbal y emocionalmente por su
marido; para él, solo era importante el hijo que había procreado con ella y mínimamente
cubría los gastos del hogar. Este señor tenía un negocio muy próspero y se jactaba
de ser muy cristiano y bondadoso. En cierta ocasión la mujer le pidió cien
pesos para ir a visitar uno de sus hijos que estaba lejos, y él le dijo que no,
y agregó, que no se lo daría, porque era para ir a ver el hijo del otro. Al día
siguiente cuando el hombre abrió su negocio descubrió que le habían robado el
valor de 5mil pesos en mercancías. Muy preocupado se lo contó a su mujer y esta le dijo: “eso fue un castigo
de Dios por negarme los 100 pesos que te pedí”. El respondió: “prefiero que se
lo roben los ladrones y no dártelo a ti”. Finalmente, producto de la avaricia
del hombre, esta pareja se separó y el siguió prosperando en su negocio. Justo
al año de la separación, una noche tormentosa cayó un rayo en el negocio y se incendió
reduciéndolo a cenizas. A él solo le quedaron las deudas y tuvo que buscar refugio
en la mujer que había tratado con mezquindad. De la noche a la mañana lo había
perdido todo.
El dinero
corrompe al hombre y lo convierte en egoísta y avaro. El hombre no solamente actúa
con egoísmo con sus semejantes, también endurece su corazón y le roba a Dios,
porque la difusión de la luz de la verdad en la tierra, depende de los
esfuerzos voluntarios de cada creyente. Debemos cooperar con gozo en la obra del Señor, sin ser
engañosos en relación con nuestros diezmos y ofrendas, ya que estos constituyen
la renta del Evangelio. Hemos de dar según lo sentimos en el corazón, pero sin
olvidar que no logramos nada por nosotros mismos, sino que son recursos que Dios
ha confiado al hombre, para probarnos, y para la edificación de su reino en la tierra. Todo lo que tiene su fundación en
Dios, es prosperado. Si los mayordomos no le dan un buen uso a lo que es destinado
para la obra del Señor, es testimonio contra ellos, pero queda dentro de
nosotros la satisfacción del deber cumplido.
El único
medio que Dios ha dispuesto para hacer progresar su causa consiste en bendecir
a los hombres con propiedades, dándoles salud y la capacidad de adquirir
riquezas por medio de los recursos naturales y la inteligencia. Pero todo
proviene de su mano bondadosa, y en retribución tenemos que devolverle con
agradecimiento nuestras ofrendas. Todo aquel que honra a Satanás se convierte
en su esclavo. Cambia las bendiciones por maldiciones y es un alma marcada para
perdición. Una mirada retrospectiva a la historia nos lleva al trágico final
que siempre han tenido los grandes capos del narcotráfico, los jefes del crimen
organizado y los dirigentes de las organizaciones secretas. Después de un
derroche de riquezas, lujos y placeres, terminan matándose unos a otros. Y si
logran huir, la muerte los asecha por todas las esquinas hasta quedar atrapados
y llevados a la ruina. Muchos llegan a convertirse en multimillonarios y
acumulan bienes materiales que no producen felicidad, y solo brindan una
satisfacción transitoria. Las obras de Satanás
son siniestras y aunque al principio se ven brillantes a través de la
luz artificial, tienden a volverse oscuras y tenebrosas.
El Señor es
el dueño de la plata y el oro, de toda piedra preciosa, de todos los tesoros
terrenales y celestiales y no necesita nada de nosotros. El dinero no tendrá ningún
valor en el cielo y también dejará de tener valor en la tierra; tampoco el
dinero nos puede ayudar a comprar la vida eterna. La heredad del cielo no tiene
precio y muchos de los que se cansan de dar, también deberían estar cansados de
recibir las bendiciones otorgadas por Dios. Mientras Dios no cese las bendiciones,
todo lo que recibimos de sus manos por
medio de Su Poder, tenemos la obligación de devolver lo que le pertenece,
porque a través de nuestras bendiciones, también podemos beneficiar a otros.
Por medio de
nuestra gratitud a Dios podemos alcanzar a los más pobres y angustiados,
suministrándoles comida, vestimentas y todo lo que nuestra holgura económica nos
permita hacer, privándonos muchas veces de tantos lujos y comodidades
innecesarias que solo adquirimos porque están de moda, o para satisfacer el ego.
Al obrar de forma compasiva y desinteresada, trabajamos para Jesús en la
persona de sus santos, porque él se identifica con la humanidad doliente. El
derecho de Dios es superior al derecho del hombre y nuestro compromiso es
acumular tesoros en el cielo, donde no tienen acceso los ladrones. La Palabra
de Dios dice: “No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido
corroen, y los ladrones socaban y roban”. “Porque donde esté vuestro tesoro,
allí estará también vuestro corazón”. El
hombre se ha acostumbrado a la opulencia, y al desarrollo de su propio
bienestar; pero Dios descansa sobre los que están viviendo de las bondades
celestiales.
Estamos por
trasladarnos a otra Patria Superior y no podremos llevarnos nada. Todas las
riquezas adquiridas quedarán en la tierra convertidas a cenizas. Por lo que
deben ser reducidas y compartidas con los necesitados que están sufriendo de
hambre y desnudez; por los desamparados que no tienen una cama donde dormir ni
un hogar cómodo y confortable donde
pasar las noches frías; por los enfermos que no pueden costear sus medicinas. Dentro de muy corto tiempo no se podrá vender ni
comprar a ningún precio, y el dinero no servirá para nada. Ninguno de nosotros
puede servir a dos Señores, porque amaremos a uno y menospreciaremos al otro.
De igual forma no podemos amar a Dios y a las riquezas. Según Sus promesas, Dios
hará provisión de nuestras necesidades temporales en el tiempo de angustia,
porque el Señor puede tener una mesa preparada en el desierto para todos los
fieles. Nuestro pan y agua estarán seguros
y no nos faltarán ni sufriremos hambre.
Apocalipsis
13 nos lleva a los eventos que sucederán en los últimos tiempos, y nos habla de
la segunda bestia que obliga y engaña. Y ordenara que a todos, pequeños y
grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se le ponga una marca en la mano
derecha o en la frente. Y que ninguno puede comprar ni vender, sino el que
tenga la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre. También el Señor
nos dice que este entendimiento requiere sabiduría. El que tenga entendimiento,
cuente el número de la bestia, que es número de hombre. Todos sabemos a quién
corresponde el número y el nombre de esta bestia, que es al que se autoproclama
ser el Representante del Hijo de Dios en la tierra. Esto es algo de lo que se
ha hablado por años, y que además la Biblia señala de forma clara y contundente,
sin embargo, la humanidad se ha negado a aceptarlo, decidiendo olvidar esta importante
advertencia. Pero es una realidad que entrará en vigencia dentro de muy corto
tiempo. El dinero perderá su valor, porque aunque se tenga, el que no acepte la
marca no podrá hacer ningún tipo de transacción comercial que involucre dinero.
La tierra y
sus propiedades no prestarán ninguna seguridad al hombre y no se podrán vender.
Pronto se promulgará un decreto que prohibirá a los hombres comprar o vender si
no se tiene la marca de los que siguen a Satanás. Será entonces el momento de
confiar plenamente en Dios y él nos sostendrá. Comencemos a practicar la abstinencia voluntaria y a preparar nuestros
cuerpos para el ayuno. Cristo también sufrió hambre durante los 40 días que
estuvo en el desierto sin comer ni beber, y resistió las tentaciones de Satanás.
De igual forma debemos resistir y vencer nuestra tribulación final porque será pasajera.
Jesús dijo que no solo de pan vivirá el hombre. Después de esto nos podremos
saciar de los manjares celestiales preparados para los redimidos, donde compartiremos
con Jesús nuestra mesa por toda la eternidad, y el precio del dinero habrá sido
devaluado a cero. Vienen días de mucha angustia y los hijos de Dios serán acusados
por los que viven en el error y se han dejado llevar por el engaño. Confiemos
en las Sagradas Escrituras para cuando veamos estas cosas no nos sorprendamos y
estemos preparados, con la esperanza de salvación puesta en las manos de Dios.
No es momento de acumular riquezas, sino de salir de ellas y compartir con el
desposeído, haciendo nuestro camino más liviano. No podemos hacer planes a largo
plazo, ni arriesgarnos en grandes inversiones siguiendo ambiciones egoístas,
sino vivir el hoy sin pensar en el mañana, porque cada día trae consigo su
propio afán.
El Señor
manda a los ricos de este siglo que no sean altivos, ni pongan la esperanza en
la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las
cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan el bien, que sean ricos
en buenas obras, dadivosos, prontos a compartir; atesorando para sí buen
fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna, porque el amor
al dinero es la raíz de todos los males. Y algunos por esa codicia se han
desviado de la fe. Guardemos este mandato sin represión, hasta la aparición de
nuestro Señor Jesucristo, que a su tiempo mostrará Dios, el único que tiene
inmortalidad, que habita en luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni
puede ver. El único bendito, Soberano,
Rey de reyes, y Señor de señores. A él sea la honra y el imperio por
siempre!.
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